Poeta, periodista, pintora, revolucionaria son solo algunas palabras que describen el legado de Blanca Luz Brum
Si Blanca Luz Brum viviera hoy, tendría el feed de Instagram más interesante que puedas imaginar. Fotos en las calles de Ciudad de México con Frida Kahlo. Un selfie frente a un mural en Buenos Aires donde ella misma es la protagonista. Un reel desde una isla perdida en el Pacífico. Y en la bio, simplemente: poeta, periodista, pintora. Uruguaya. En movimiento.
Blanca Luz Brum, nacida el 31 de mayo de 1905 en Pan de Azúcar, Uruguay es alguien a quien la historia frecuentemente la recuerda como una musa o espaso de alguien pero, Blanca, nunca fue de nadie más que de sí misma.
La historia empieza, como en las mejores novelas, con una escapada.

¿Qué sería de nuestra protagonita sin un plot twist?
A los 16 años, Blanca es internada en un colegio de monjas en Montevideo. Ahí, conoció al poeta peruano Juan Parra del Riego y se fugó con él. La leyenda dice que en motocicleta. Se casaron, entraron juntos a los círculos literarios de la ciudad, y en 1925 Blanca Luz publicó su primer poemario: Las llaves ardientes.
BENDITO ESTADO
No te bastó poner mi aima
pura como una flor.
También diste a mi cuerpo
la rosa de tu amor.
Y tal serenidad en mis pupilas
que nadie dirla
que han brillado de malos deseos
un día…
Y voy mirando a los nifios
con ojos cuajados
de puro carifio.

Ese mismo año, su marido murió de tuberculosis, apenas seis días después de nacer su hijo. Blanca Luz tenía 20 años, un bebé en brazos y una vida entera por delante. No se detuvo ni un momento.
Viajó a Lima con su hijo para que el niño conociera la tierra de su padre, y ahí encontró algo que cambiaría todo: la revista Amauta, el proyecto cultural más vibrante de la América Latina de esa época. Publicó en sus páginas, absorbió el movimiento revolucionario del momento, y volvió a Montevideo con una convicción clara: el arte debía servir a la gente.
Pero uno de sus capítulos más deslumbrantes llegó en 1929, cuando conoció al muralista mexicano David Alfaro Siqueiros y lo siguió hasta México. Allí, su círculo social incluía a Diego Rivera, Frida Kahlo y Tina Modotti. Digamos, el dream team del arte latinoamericano.
El mural que lleva su cuerpo
Cuando Siqueiros pintó Ejercicio Plástico en el sótano de una quinta en Buenos Aires, eligió a Blanca Luz Brum como modelo.

Las nereidas y ondinas que hoy cubren techo, paredes y piso de ese espacio único, considerado uno de los murales más importantes del continente, llevan su cuerpo.
El mural puede verse restaurado hoy en el Museo del Bicentenario de Buenos Aires. Blanca Luz, literalmente, es parte de la historia del arte latinoamericano.
De ahí, su vida siguió con la misma intensidad: vivió en Chile, donde se involucró en política activa; en Argentina, donde jugó un papel en la movilización obrera del peronismo en 1945; y en sus últimos años, se retiró a la Isla Robinson Crusoe, en el Pacífico chileno, donde construyó su propia casa entre pescadores y helechos.
Publicó más de diez libros. Recorrió cinco países. Amó intensamente y vivió en sus propios términos, siempre.
Murió en Santiago de Chile en 1985, a los 80 años. Y si algo nos dejó, es esto: que la vida más rica no es la que se vive en un solo lugar, con una sola identidad, dentro de los límites que otros diseñan para ti.
Blanca Luz Brum no fue la musa de nadie. Fue la protagonista de todo.
